A 25 años del Crash de 1987

Ninguna sesión se ha ganado un hueco en la historia como la del 19 de octubre de 1987, en la que el Dow Jones se hundió un 22,6%. Un cuarto de siglo después, otra crisis, la actual, tiene en vilo al mundo.

Jamás se había visto nada igual. Ni se ha vuelto a ver. Una caída del 22,6% en una única sesión. La que sufrió el índice Dow Jones aquel 19 de octubre de 1987, en adelante conocido como Lunes Negro con toda justicia. Ni en el crac del 29 se había sufrido un descalabro semejante en una sola jornada.

La onda expansiva se propagó a otros mercados. La bolsa alemana cayó un 9,4%; la japonesa, un 15%; y aunque la española sólo cedió un 1,6% ese día, en todo octubre perdió un 28% de su valor. Ni estos mercados ni Wall Street estaban preparados para un caos así.

“En cifras, el pánico del 19 de octubre fue el mayor desastre que haya experimentado un mercado. (…) Los sistemas no pudieron sostenerse bajo esa presión. En la Bolsa de Nueva York, los registros de ventas tenían dos horas de retraso”, describe Martin Mayer en su obra La Reserva Federal.

Más testimonios. El de Michael Lewis en El póquer del mentiroso, en cuyas páginas certifica que “el mercado bajó como nunca antes lo había hecho”. No es un autor ni un texto cualquiera. Lewis trabajó en el mercado de bonos en los años 80 y en ese libro relata los excesos que los vanidosos banqueros de inversión cometieron en esa época. Porque, como en todas las crisis, la soberbia y la euforia, alimentadas por la deuda, precedieron al estallido.

“El apalancamiento regresó en forma de absorciones de empresas y de compras de participaciones apalancadas. Se cumplía así el requisito de un nuevo instrumento financiero que se consideraba una asombrosa novedad: en este caso se trataba de bonos de alto riesgo (…). Su novedad residía tan sólo en su más que apropiado nombre: bonos basura”, expone John Kenneth Galbraith en su obra Breve historia de la euforia financiera.

Hubo otros denominadores comunes, en opinión de Galbraith. Como “la corta memoria de una nueva generación de jóvenes en Wall Street” y “la adulación de los agentes más audaces”, entre los que destacaron los reyes de los bonos basura, como Dennis Levine, Ivan Boesky, Michael Milken o Drexel Burnham Lambert, que luego terminaron investigados, encarcelados o arruinados.
Cura de humildad

Esos excesos encontraron una abrupta cura de humildad hace justo 25 años. Otra vez en octubre, como en 1929, aunque los descensos acumulados en esta ocasión fueron aún mayores. Un octubre rojo en toda regla, con un hundimiento mensual del Dow del 23%, superior al 20% registrado 58 años antes.

Si el golpetazo de 1987 rebasó en magnitud al de 1929, ¿por qué no desembocó en una crisis similar a la de la Gran Depresión? ¿Por qué EEUU no sufrió ni un mes de recesión tras el crash, mientras que después del crac del 29 encadenó 40 meses seguidos de contracción, para un total de 43 meses recesivos entre 1929 y 1933?

Entre 1982 y septiembre de 1987, el Dow se había disparado un 210%, inferior, pero igualmente espectacular, al casi 300% que sumó entre 1924 y septiembre de 1929. Pero la gran diferencia no residió en la magnitud de las subidas previas, sino en una situación económica y social más sólida que la de 1929 -la recesión había comenzado en agosto de ese año- y, fundamentalmente, en la rapidez con la que respondieron las autoridades en 1987. En particular una: la Reserva Federal (Fed), el banco central de EEUU.

“A las 8.41 de la mañana del martes, Alan Greenspan, que no había cumplido diez semanas en su cargo de presidente de la Fed, emitió un comunicado. La Reserva Federal, en cumplimiento de su responsabilidad como banco central de la nación, está dispuesta a ser fuente de liquidez para apoyar al sistema económico y financiero… Esa garantía era suficiente”, expone Mayer.

En efecto, bastó esa maniobra para que los inversores se tranquilizaran. El 20 de octubre, el Dow rebotó un 5,9% y el día 21, otro 10%. Aunque aún hubo espacio para algún tropiezo considerable, la Fed paró aquel primer impacto. Y para evitar males mayores dio continuidad a ese comunicado con tres rebajas de los tipos de interés, para llevarlos del 7,25 al 6,5%, entre noviembre de 1987 y febrero de 1988.
De la ‘Greenspan put’…

Con el banco central garantizando la liquidez del sistema, EEUU minimizó los efectos de la sacudida. “Contrariamente a los miedos iniciales, la economía se mantuvo firme, con un crecimiento del 2% en el primer trimestre de 1988 y un acelerado 5% en el segundo”, cuenta Greenspan en sus memorias. Eso sí, el Dow Jones no recuperó los niveles previos al crash hasta el verano de 1989.

Más duradero fue otro legado, aunque entonces ni siquiera se intuía su verdadero alcance. Porque la veloz respuesta de Greenspan atenuó las consecuencias, pero sembró una semilla que en el futuro se convertiría en un arma de doble filo.

“Tanto los mercados de renta fija como las bolsas se han vuelto dependientes, en un grado sin precedentes, de la red de seguridad de la Fed”, certifica Mayer. Es lo que se bautizó como Greenspan put, es decir, la confianza en que la Fed acudiría al rescate en caso de que las cosas se torcieran en los mercados.
…a la ‘Bernanke put’

Aquella impresión quedó confirmada en 1998, con motivo de la quiebra del hedge fund -fondo de inversión libre- Long Term Capital Management. Con la banca de inversión contra las cuerdas, Greenspan acudió de nuevo al rescate. Y ahora, en el aniversario del crash de 1987, esta conexión sigue vigente.

Estados Unidos, con Wall Street a la cabeza, se ha encomendado a las históricas decisiones que está adoptando el actual presidente de la Fed, Ben Bernanke, para remontar la crisis. “La opción put de Greenspan se está convirtiendo rápidamente en la opción put de Bernanke”, constata el economista Raghuram Rajan. 25 años después, esa herencia continúa viva. Muy viva.ElEconomista.es

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