Krugman: Votar no y abandonar el euro

Es obvio desde hace rato que crear el euro fue un terrible error. Europa nunca tuvo los requisitos previos para que una moneda común tuviese éxito, sobre todo, algún tipo de unión fiscal y bancaria como la que permite, por ejemplo, que si estalla una burbuja inmobiliaria en Florida, Washington automáticamente salga a proteger a los adultos mayores de cualquier amenaza contra su cobertura médica o sus depósitos.

Abandonar la unión monetaria, sin embargo, es una decisión mucho más dura y aterradora que la de haber entrado, y hasta el momento, ni las economías en peor situación del continente se atrevieron nunca a dar el salto. Una y otra vez, los gobiernos se sometieron a las demandas de severas medidas de austeridad que les hacían sus acreedores.

Pero ahora, la situación en Grecia parece haber llegado a un punto de no retorno. Y el domingo el país irá a las urnas para decidir si acepta o no la exigencia de profundizar aún más la austeridad que le hace su troika de acreedores. Grecia debería votar que no, y el gobierno griego debería estar listo, de ser necesario, para abandonar el euro.

Para comprender por qué digo esto, antes tenemos que entender que casi todo lo que dicen sobre la prodigalidad y el despilfarro de Grecia es falso. Es cierto que a fines de la década pasada el gobierno gastaba más de lo que podía permitirse, pero desde entonces viene podando el gasto y aumentado los impuestos sistemáticamente. Si se toman todas las medidas de austeridad implementadas, resultan más que suficientes para eliminar el déficit original y convertirlo en superávit.

¿Y por qué no ocurrió? Porque su economía se hundió en una profunda depresión, en gran medida a causa de esas mismas medidas de austeridad, y con la depresión también se hundieron los ingresos. Y a su vez, ese derrumbe también tenía mucho que ver con el euro, que tenía atrapada a Grecia en un chaleco de fuerza económico.

Es fácil perderse en los detalles, pero ahora el punto central es que a Grecia le presentaron una oferta tipo “tómalo o déjalo” que no se diferencia en nada de las políticas de los últimos cinco años. Se trata de una oferta y podemos suponer que ese era el objetivo, que el primer ministro Alexis Tsipras no podía aceptar, porque destruiría su razón de ser como político. Así que la oferta debe tener por objetivo sacarlo del gobierno, lo que probablemente ocurrirá si el temor de los votantes griegos a contradecir a la troika los hace votar por el sí.

Pero no deberían hacerlo, por tres razones. Primero, porque ahora sabemos que profundizar la austeridad es un callejón sin salida: tras cinco años de ajuste, Grecia está peor que nunca. Segundo, mucho y tal vez gran parte del tan temido caos del Grexit ya ha ocurrido. Cerrados los bancos y aplicado el control de capitales, mucho más daño que ese no queda por hacerse.

Finalmente, acceder al ultimátum de la troika sería para Grecia abandonar definitivamente cualquier pretensión de independencia. No se dejen engatusar por los que dicen que los funcionarios de la troika son simples tecnócratas que deben explicarle a los griegos ignorantes lo que deben hacer. Esos supuestos tecnócratas son de hecho fabuladores que le han faltado el respeto a todo lo que sabemos sobre la macroeconomía y que se han equivocado en cada paso que dieron. Acá no se trata de un tema de análisis, sino de un tema de poder: el poder de los acreedores para apagarle el respirador a la economía griega, un poder que se mantendrá mientras todos sigan creyendo que salir del euro es impensable. Ya es hora de cortar con eso y empezar a pensarlo. Para Grecia, la otra cara es austeridad interminable y depresión sin el menor atisbo de salida. LaNacion

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